Los Territorios de Leopoldo Nóvoa

javi montero/Crítica de arte/La Voz de Galicia

Entre París y Armenteira fue trazando una de las trayectorias más sólidas, originales y coherentes del panorama artístico español

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En Montevideo conoció a Torres García y su influencia lo marcó para siempre. Luego, en Buenos Aires, trabó amistad con los intelectuales del exilio y Seoane lo convenció para dedicarse por entero a la pintura. Volvió a Uruguay y entró en contacto con la pintura de Antonio Burri y del grupo “El Paso”, y con la escultura de Jorge Oteiza. Comenzó a diseñar monumentales murales con materiales de desecho y descubrió que cada material, por muy pobre que fuese, podía contar su propia historia y evocar sensaciones más allá de su presencia física.

En 1965 se instala definitivamente en París, y continua buscando una especie de armonía a partir de los detritus de nuestro mundo, esta vez sobre enormes lienzos que se amontonan en su taller. Hasta que un día las llamas lo calcinan todo y la tragedia le obliga a empezar de nuevo. Recoge las cenizas del infortunio y las mezcla con arena, cemento, trozos de arpillera, cartón, cuerdas, mientras busca un nuevo refugio en su tierra, y comienza un camino cíclico entre Nogent sur Marne y Santa María da Armenteira.

Creo que mi fascinación por su obra surgió en una retrospectiva organizada por el CGAC de Santiago, allá a mediados de los años 90, siendo un estudiante de arte con ganas de buscar la libertad a través de la emoción. Recuerdo perfectamente el primer encuentro con aquellos lienzos enormes, que parecían aludir al Informalismo matérico de artistas como Dubuffet, Fautrier, Burri, Tápies, etc., pero también al Espacialismo frío y gestual de Lucio Fontana, ambos lenguajes netamente europeos, cuyo centro de ebullición seguía siendo París.

Pese a estos referentes la obra de Nóvoa no es fácil de encasillar. Quizás sintamos la violencia del gesto en sus laceraciones y agujeros, sus nichos sombríos, sus clavos y alambre de espino hiriendo la tela, los pinchos de hierro que desgajan el lienzo desde atrás invadiendo, amenazantes, el espacio del espectador. Pero frente a lo azaroso, la intuición o el movimiento dramático, está la exigencia de crear algo desde la más profunda e íntima reflexión. Sus muros de áridos, ceniza, arpillera, papel y pigmentos negros, grises, tierras, se articulan a través de un modo preciso de construir, de la búsqueda meditada de un principio ordenador. La tridimensionalidad de la tela tensionada y abombada, cohabita con la levedad de una materia en la que incide la luz acariciando las superficies y definiendo cada textura, cada oquedad, cada incisión, en esa poética de lo absoluto que aspira a transcender la realidad física para fusionar el espacio y el tiempo.

Quizás sea esta tensión entre lo visual y lo profundo, o el equilibrio de sus formas suaves y depuradas, o cada uno de los cientos de matices que surgen del lienzo con esa lucidez y naturalidad, lo que me empuja a enfrentarme a su obra como a la de Mark Rothko (tan diferentes, por cierto), con la serenidad, la emoción y el silencio de una soledad buscada.

El pasado jueves murió Leopoldo Nóvoa, una de nuestras figuras de mayor proyección internacional, para mí el creador más completo, coherente y original que ha dado nuestra tierra en las últimas décadas y un artista que ya tiene un lugar destacado en la historia reciente del arte español.