Virxilio Vieitez. En estado puro

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javi montero/ La Voz de Galicia/octubre 2008

Hay imágenes que narran las historias de aquellos pueblos que no quieren perder la sabiduría y el placer de los recuerdos

Hay artistas que no lo son y otros que lo son aunque no lo sepan. Hace ya bastantes años, en una de mis primeras visitas a Arco, la feria internacional de arte que se celebra anualmente en Madrid, quedé impresionado por dos fotografías pequeñas, perdidas entre las miles de obras de arte –y de mamarrachadas también- que allí se exponían.

Durante meses aquellas imágenes firmadas por un tal Virxilio Vieitez permanecieron impresas en mi memoria. Nunca llegué a conocerlo personalmente pero un colega historiador del arte me hizo saber que se trataba de un fotógrafo de Soutelo de Montes descubierto casi por casualidad por los responsables de la Fotobienal de Vigo, y que después de dedicarle una retrospectiva en esta ciudad comenzaron a interesarse por su trabajo galerías y museos de dentro y fuera de Galicia: Vigo, Santiago, París, Nueva York. Algunos críticos incluso lo compararon con algunos de los mejores fotógrafos sociales del mundo: Paul Strand, August Sander, Walker Evans y hasta Cartier-Bresson.

El genial John Ford aseguraba que nunca tuvo la pretensión de realizar obras maestras y que lo único que deseaba era contar historias simples y claras. Puede que suene a falsa modestia, pero lo cierto es que sus películas, igual que la mayor parte del cine clásico, están muy lejos de las estridencias estéticas gratuitas y apabullantes de otros realizadores actuales. Su mirada es simple sólo en apariencia. A poco que rasquemos nos daremos cuenta de su extraordinario talento para contar historias a través de un lenguaje dramático capaz de transmitir profundas emociones y un sentido compositivo único e insustituible.

Virxilio Vieitez tampoco fue un intelectual ni académico. Se fue, como tantos otros, a buscar fortuna allende O Padornelo, cuando las grandes obras públicas se hacían con los brazos y espaldas de muchos gallegos. Trabajó de peón y con sus ahorros compró su primera cámara. Aprendió los fundamentos de la fotografía en un estudio de Palamós. Y en los años 50 retornó a Terra de Montes.

Durante décadas inmortalizó con precisión la vida de sus paisanos. Como el Ford de las <<Uvas de la Ira>>, Virxilio se valió de una proverbial intuición para componer escenas tan sencillas como reveladoras, carentes de retórica o costumbrismo de todo a cien, para así plasmar la Galicia rural de los años 50 y 60, esa que hoy queremos desterrar a machetazos, con sus angustias y dificultades, su enraizada miseria, que recibe las esquirlas de la modernidad con una mezcla de estupor e inocencia compartida.

Aquel chaval serio con camisa y zapatos blancos, que posa en medio de una solitaria calle de tierra con su avioncito de juguete. El otro niño con traje gris y corbata, que permanece hierático y desconfiado junto a su madre y una lustrosa cabra blanca, la única que parece sentirse cómoda con el posado. La mujer enlutada de rostro fatigado y ojos esquivos, hundidos tras los surcos de mucha vida en poco tiempo, que apoya su brazo negro en el respaldo de una escuálida silla de madera en la que descansa la radio que compró con el dinero enviado por su hijo de Venezuela. O esa rapaza con vestido de domingo que desparrama su cuerpo resuelto y orgulloso sobre el morro del Haiga de un indiano que tuvo suerte porque abandonó sin olvidar los estertores de la miseria.

Son cientos de retratos anónimos enfrentados a su mundo de tierra húmeda y campos de berzas, de sueños maltrechos y pisos ennegrecidos, almas y piedras rotas, puertas arañadas y paredes en carne viva. Como nadie documentó los trabajos del campo, la matanza, la vendimia…y los velatorios, con su coro de sombras negras llorando sobre uno de esos cadáveres patinados por el verdín de la derrota, que siempre aparentan mucho más viejos de lo en realidad son. Como irónico contrapunto, muchas veces, los anhelos compartidos, símbolos de un progreso ajeno y distante, casi inalcanzable, la moda de París, los aparatos eléctricos, las motos alemanas, los coches Haiga, Ford, Chevrolet.

Su mirada siempre es limpia y sincera porque hay realidades que no necesitan artificios, porque esos rostros maltratados hay que mirarlos de frente y a los ojos, aunque sólo sea para abrigar la certeza de que somos lo que otros sufrieron. Sin saberlo nos dejó el mejor de los testimonios, el de la verdad única y profunda, la del hombre en estado puro, sin grandilocuencias ni falsos testigos. Y demostró que la Historia también se construye con historias pequeñas de lugares pequeños: Cerdedo, Forcarei, Beariz y, quizás, alguien tendrá que investigarlo, el Salnés. O mejor: aquellas historias humildes de Terra de Montes también cuentan la Historia de nuestro Salnés, y la de los Verdes Valles de John Ford, y la de todas las tierras del mundo, porque en ella se narra la obstinada dignidad de hombres y mujeres que se enfrentan a su destino. Su lento caminar, su pensamiento suspendido y un buen puñado de imágenes fascinantes y conmovedoras ya traspasaron nuestras fronteras para engrosar esa pulsión intemporal que no entiende de muros ni nacionalidades: el Arte y todo lo que este significa para la verdad de todos los pueblos.

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