EDMUNDO PAZ. LAS HUELLAS DE LO VIVIDO

Javi Montero/ CRÍTICA DE ARTE/ SALA RIVAS BRIONES/ LA VOZ DE GALICIA/ Junio de 2012

Las <<Recreaciones>> de Edmundo Paz revelan las marcas fragmentarias y vacilantes de la experiencia, la memoria y la emoción

En 1911 Kandinsky publicaba su célebre <<De lo espiritual en el arte>>, en el contexto de un profundo debate liderado – entre otros- por el historiador del arte Wilhelm Worringer, que confluiría en la teoría de la eterna dualidad naturalismo-abstracción, leitmotiv de las primeras vanguardias históricas, cuna y patria del arte contemporáneo.

La pintura de Edmundo Paz también participa del sempiterno debate entre impresión y expresión, pues la primera no es más que el vehículo para replegarse hacia el interior, hacia lo profundo, para conferir a la obra una realidad en sí misma, materia y técnica, gramática pictórica que alude, más que a ninguna otra cosa, a su capacidad para sugerir emociones. Los surcos impresos en la arena, ese impulso tan obsesivo como infantil de deslizar el dedo por una superficie recién pintada, el instinto atávico de fijar las marcas digitales en la materia, no son más que las extraviadas huellas de lo vivido, los sedimentos que se van decantando en ese diario íntimo y personal que, al igual que los signos de Paul Klee, sólo empiezan a existir en el instante en que son revelados a través de la forma estética.

El pintor nos revela sus <<momentos>> y <<paseos>> interiores a través de lienzos de gran formato en los que su particular grafismo se manifiesta elocuentemente sobre fondos texturados que remiten a esos paisajes de arena rojiblanca que siempre estuvieron ahí, esperando a ser cruzados por los surcos erráticos y vacilantes de nuestra existencia. A veces esas señales se ordenan en pentagramas, porque Paz sabe bien que la pintura, además de poesía, es música y, como tal, goza de la misma libertad para expresar los estados del ánimo. Por eso, al subir a la segunda planta de la Rivas Briones, abandonamos los paisajes desérticos para participar de las pequeñas sinfonías de color que compone siguiendo las pautas que impone su propia indagación en nuevos y variados soportes.

Campos arados, prados verdes, caminos de tierra roja y playas de arena nacarada, charcas de sal, las líneas del horizonte se recortan en la geometría de vulgares bolsas de cartón, igual que una caligrafía imposible se desvanece con el tiempo sobre unas tablas de cocina. Pero ¿qué es la geometría –decía Klee- sino una frágil estructura mental que se trama en el espacio de la experiencia y la vida? Las bolsas de cartón son esa frágil estructura, al igual que los listones de madera sirven de armazón para componer una trama azarosa y aparentemente inconexa de colores, formas y esas cicatrices que quedan entre la fragmentada memoria y las regiones del inconsciente.

Puede que la huella sirva si cabe para fijar el quebradizo hilo que nos une a la realidad visible, pero lo que de verdad se impone son las formas ondulantes y los campos cromáticos que la impresión, cribada por el universo íntimo del artista, convierte en vibraciones que transcienden lo aparente para adquirir una resonancia sensitiva y enigmática, re-creaciones, al fin y al cabo pintura pura, que decía Kandinsky.