¿Se puede vivir bien consumiendo menos energía?

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javi montero/  La Voz de Galicia/ FEBRERO de 2011

Casi la mitad del consumo energético de nuestro país se destina al mantenimiento de nuestras calles y edificios

El 2011 amaneció con un 10% de subida en la tarifa eléctrica, que se añade al considerable incremento en los años precedentes (una media de un 54,5% en cinco años), y hace presagiar la misma línea ascendente en el coste del resto de las fuentes energéticas. Y esto en un país cuyos edificios consumen un 40% del total del gasto energético; el otro 40% lo consumimos en el transporte y sólo el 20% restante en la industria.

En Galicia el problema se agudiza, sobre todo si pensamos que la estructura de nuestro territorio, con su dispersión poblacional, encarece notablemente las instalaciones y redes de suministros, y hace muy difícil, cuando no inviable, la implantación de un transporte público eficiente y rentable, que minimice los desplazamientos en coche particular. Por algo tenemos más kilómetros de asfalto que muchos países europeos y la circulación de nuestros vehículos en los centros de trabajo (ciudades, cabeceras comarcales, etc.) provoca los colapsos de todos conocidos.

En cuando a la construcción de nuestras viviendas, el propio Código Técnico de la Edificación –como marco normativo que desarrolla los requisitos básicos de la Ley de Ordenación de la Edificación y la Directiva relativa a la eficiencia energética- ha sido ampliamente revisado entre otras cosas para lograr un mayor ahorro energético y un mejor aislamiento térmico de los edificios.

Y junto a ello contamos con el importante desarrollo en los últimos años de las energías renovables, aunque también en esto suele haber controversia y posicionamientos divergentes, sobre todo porque no es posible prescindir de las energías “peligrosas” y contaminantes, y porque las llamadas energías limpias aún no producen los resultados deseables ante la creciente demanda, más aún si continúa la tendencia a batir un nuevo record cada año.

Después de la biomasa lo más novedoso parece ser el aprovechamiento de la energía geotérmica. Según algunos expertos está dando muy buenos resultados en Galicia, cuyo nivel de implantación está seis veces por encima de la media española, debido en gran parte a la idoneidad de nuestro subsuelo y a la presencia de empresas perforadoras e instaladoras muy cualificadas y competitivas. En algo teníamos que ser los primeros. Ahora hay que saber rentabilizarlo. Porque la otra cara de la moneda es que en Europa llevan 40 años explotando el calor del subsuelo, y países como Suiza tienen un ratio de 30 bombas geotérmicas por cada mil habitantes, frente al 0,17 de Galicia.

Así que al margen de las simplezas y obviedades con las que nos agasaja el aparato propagandístico ministerial –entiéndase “apague la luz al salir de casa” o “para poner en marcha la lavadora y hacer el amor con la luz encendida es mejor aprovechar la discriminación horaria”-, o exageraciones como las de la depuradora de aguas sucias propuesta por las discutidas Normas del Hábitat, el problema energético no es una cuestión baladí y está repercutiendo muy seriamente en las ya de por sí exiguas rentas familiares. Por no hablar del transporte y el precio de los carburantes, o el del gas, junto al correspondiente incremento del IVA, con lo que todo esto supone para nuestra maltrecha y deficitaria economía.

Sin caer en demagogias ni ecologismos de poltrona, parece evidente la necesidad de hacer unas viviendas más autónomas y eficientes, de construir cada vez mejor y apostar por una arquitectura lo más bioclimática posible, de invertir en I+D+I para mejorar los rendimientos, de obtener, en definitiva, un aprovechamiento más racional y sensato de nuestros recursos naturales. Y de ahorrar no sólo en casa, sino también en nuestros espacios y edificios públicos, porque en algunos aún acostumbran a tener la calefacción encendida con las ventanas abiertas; y todos conocemos calles y plazas con más luz de noche que de día; hasta en las rutas de los muiños instalaron alumbrado eléctrico, como si necesitáramos pasear por el monte en plena noche. Así que sentidiño y menos despilfarro, que el horno no está para bollos.