Aprender de la Arquitectura Tradicional

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Javi Montero/ La Voz de Galicia/ Marzo de 2011

Para ahorrar energía a veces sólo es necesario aplicar algo del sentido común de nuestra arquitectura vernácula

En la crónica anterior hacíamos referencia a la excesiva dependencia energética de nuestro país y, consecuentemente, a la necesidad de racionalizar el consumo tanto en los hogares como en el ámbito público. Casualidades de la vida, entremedias el Gobierno hace públicas unas medidas para favorecer el ahorro energético, entre las que se encuentran el loable compromiso de reducir costes mediante el cambio progresivo de luminarias públicas, u obligaciones rayanas con el disparate como la reducción del límite de velocidad a 110 Km/h en las vías de alta capacidad.

Mientras tanto, nos asalta esa inquietud que entumece los huesos al presenciar a nuestros gestores públicos abocados a improvisar para hacer frente a una crisis que avanza más rápidamente que sus aleatorias y atropelladas decisiones.

Comentábamos también la necesidad de mejorar la eficiencia y sostenibilidad de las viviendas e introducíamos el concepto de arquitectura bioclimática, que hay que tomar con la necesaria cautela, pero que en ocasiones –como sostiene el profesor Javier Neila- no es más que la vuelta a los criterios elementales de la lógica y el sentido común.

 Siglos de experiencia

 Lo cierto es que desde la noche los tiempos, incluso en los lugares más remotos e inhóspitos, el hombre demostró una extraordinaria capacidad para adaptarse al medio, empleando aquellas materias que podía obtener y transformar fácilmente y con un coste moderado de energía. Por eso, huelga decirlo, son tan diferentes las casas tradicionales del Magreb, las de los Alpes suizos o las de las Rías Gallegas, porque a falta de máquinas de poliuretano el ser humano ha tenido que ingeniárselas para lograr la máxima adecuación entre sus necesidades vitales y las condiciones climáticas y medioambientales.

No cabe duda de que en Galicia se vive mejor que hace 50 años. Sin embargo, ello no implica que tengamos que rechazar de plano una arquitectura, la preindustrial o tradicional, que encierra siglos de ensayos y experiencias con las que el hombre obtuvo inteligentes soluciones ante las condiciones térmicas, la pluviosidad, los vientos dominantes, las condiciones de luminosidad, etc., empleando los materiales que tenía más cerca y que llegó a dominar a la perfección hasta obtener un espacio habitacional y productivo bastante equilibrado y adaptado a su entorno.

 Casas razonables

 Puede ser que los avances técnicos de las últimas décadas hayan contribuido a que alberguemos la errática impresión de que para plantar la casa ya no dependemos del lugar, aunque casi todo el mundo sabe que una buena disposición en el terreno, una adecuada orientación, y un tejado lo más sencillo posible ahorra muchos problemas y bastantes gastos. Desde luego parece más lógico y más saludable que en un país como Galicia, con un grado de humedad relativa elevadísimo a lo largo de todo el año, se cuiden los sistemas de ventilación natural y se empleen materiales “absorbentes” y transpirables como la madera, los morteros de cal, el corcho o las pinturas minerales. Empero nuestras casas son totalmente estancas, de cemento, aluminio, poliuretano y pintura plástica; eso sí, tenemos el deshumificador encendido día y noche. De igual forma, parece más razonable la parra que protege la fachada en los meses de mayor insolación que esas bonitas cristaleras de diseño orientadas al oeste, mientras la máquina de aire acondicionado funciona a vela tendida. Y para máquinas las de muchos edificios públicos, cuya osadía arquitectónica a mayor gloria de la estrella de turno suele ser directamente proporcional a su incoherencia constructiva y su despilfarro energético. Y cuando se rehabilita un edificio, por ejemplo, creo que siempre es mejor gastar en buenos aislamientos y mejorar su envolvente térmica que en aplacados y ornamentos cutres de granito.

Podríamos poner muchos ejemplos que ilustran como en nuestras viviendas a veces hay de todo menos coherencia y sentido común. En el pecado va la penitencia, y los recibos siguen subiendo porque la energía hace tiempo que ha dejado de ser barata y nadie, ni iluminados ni gobernantes, nos va a sacar las castañas del fuego.