Montones de cristales rotos

Javi Montero/ La Voz de Galicia/ Dic. 2008

Montones de cristales rotos

Nuestra indiferencia no hace sino amparar a los desaprensivos que ensucian, maltratan y envilecen el patrimonio de todos

Puede que sea un tema trillado pero hay problemas que se resisten a desaparecer; más bien parecen querer perpetuarse con renovada insistencia. El alcalde de Nueva York aseguraba que aunque un edificio estuviese total o parcialmente deshabitado debían extremarse sus cuidados, pues si un día aparecía un cristal roto y no se reparaba con prontitud, al día siguiente aparecería otro, y al otro día otro, y así sucesivamente hasta convertirse en un edificio degradado, y luego en una acera degradada, y más tarde en una calle degradada.

Se hicieron incluso experimentos en distintas ciudades americanas que consistieron en abandonar dos coches, uno en perfecto estado y otro con una ventanilla rota. El primero permanecía en buenas condiciones durante largo tiempo mientras el segundo era destartalado a las pocas horas. Se forjó así la teoría de los cristales rotos, con la que se quiso demostrar que si bien es cierto que el hombre es el centro de su universo y, por tanto, responsable directo de su preservación y mantenimiento, no lo es menos que el estado de conservación de este influye de manera determinante en su comportamiento cívico. Vamos, que si lo extrapolamos al ámbito salinense (o gallego o español), son muchos más los que mean fuera de tiesto en el baño de la gasolinera, o del pub de la esquina, que en el de un restaurante de lujo, aunque unos y otros tengan una clientela similar y sigan sobrando las excepciones.

Cada cual parece comportarse según el estado del entorno que le rodea y una costa saneada y cuidada evita que se arroje la lavadora vieja por el malecón, como acontecía, recordemos, hasta hace pocos años. Y puestos a experimentar podemos dejar un poco de escombro de obra en algunos puntos de nuestra querida comarca para comprobar como en pocas semanas estos pequeños vertederos se agrandan, yuxtaponen y multiplican de forma exponencial.

Vistas las cosas, supongo que en el ámbito de la sociología habrá quien aluda al carácter galaico –ya saben, individualismo, desinterés, incredulidad, etc.- para explicar muchos de estos comportamientos, aunque, paradójicamente, en inercia imitativa no hay pueblo que nos iguale. Hay quien dice que el gallego copia todo, lo bueno y también lo malo. Supongo que depende del referente.

Lo cierto es que hay ciertos rasgos de nuestra personalidad que parecen jugar en contra. Por ejemplo, nuestra propensión a la limpieza y cuidado de lo propio en detrimento de lo ajeno o lo común, que se menosprecia, se ensucia y se maltrata, como si no importase a nadie. Esto nos sitúa en las antípodas de algunos países más al norte, en los que según las lenguas más afiladas es mejor comer en la acera y dormir en la estación del bus que dentro de esas casas cuyo elemento definitorio es la moqueta en el baño. O nuestra extraña y contagiosa inclinación hacia la chapuza, lo inacabado y la acumulación de riquezas, que se revela, por ejemplo, en el ladrillo, el bloque y la uralita al aire, o en la chatarra amontonada debajo del piorno, o en la invasión del camino con todo tipo de artilugios de procedencia incierta y dudosa utilidad.

El referente

Lo peor es que también las administraciones públicas (políticos y empleados) parecen participar en esta suerte de contagiosa desidia, contraviniendo aquella ley de padres, curas y maestros que defendía que junto a los palos también el ejemplo educa. Me refiero a las obras públicas que no se rematan o no se supervisa su adecuada ejecución, los carteles de obra que no se retiran, los cableados indiscriminados, las instalaciones que trepan por las fachadas, las papeleras que no se vacían, las estaciones que no se limpian, etc.

Esta abulia generalizada no hace sino beneficiar y amparar a los arrojaescombros de monte, los rompefarolas, los arrollabancos, los dueños de los perros cagones, los que tiran el refresco o el pañuelo moquero por la ventanilla, los grafiteros, los moteros gilipollas, los propietarios de ruinas perpetuas, etc. El menosprecio de todos ellos suele quedar impune ante la pasividad de aquellos poderes responsables de la gestión y cuidado del escenario que compartimos, sea urbano o natural. Si queremos ser pragmáticos, como se estila en nuestros días, olvidémonos del paisaje y pensemos en el enorme coste económico que conlleva tal concentración de desaprensivos.

En este sentido, es preciso valorar los enormes y cuantiosos recursos que concellos y otras administraciones destinan a campañas de sensibilización –a menudo ineficaces-, a reposición de mobiliario, o a infraestructuras como las depuradoras (EDAR), los puntos limpios o vertederos de residuos sólidos. Empero, algunos echamos de menos una gestión más eficiente de esos recursos, el correcto y continuado funcionamiento de muchos de estos servicios, la apuesta decidida por la recogida selectiva y el reciclaje, y una mayor contundencia a la hora de sancionar a aquellos que anteponen su mediocre apatía y su mala leche a la preservación del único patrimonio que pertenece a todos sin distinción. Ya que para algunos las campañas no funcionan porque son incapaces de codificar el mensaje, procuremos la mayoría que no haya cristales rotos, a ver si así se dan cuenta de su invariable y anquilosada estupidez.