Como castillos en la arena del desierto

Javi Montero / La Voz de Galicia. Diciembre 2009

El dispendio y el disparate parecen ganar la batalla en una civilización con claros síntomas de aburrimiento crónico

En las villas más pequeñas también las grúas se detienen, mientras se sueña con fastuosos puertos deportivos y con seguir hormigonando la costa

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De niños nos enseñaron que las montañas, los valles, el mar, las islas…fueron surgiendo a lo largo de millones de años gracias al movimiento de las placas tectónicas, al impacto de meteoritos, erupciones volcánicas, periodos de glaciaciones sucedidos por enormes sequías…, hasta conformar un globo azul que antes de que existiese el google-earth tenía una bombilla en su interior para poder iluminar los continentes y diferenciar mejor los países. Luego aprendimos que las fronteras entre estos se dibujaron casi siempre con sangre y que las ciudades en las que habitamos fueron construidas y reconstruidas a lo largo de los siglos conforme cambiaban los poderes, las modas o la magnitud de los bombardeos. El hombre siempre sintió temor ante Dios, cualquiera que fuese su iconografía, pero, al mismo tiempo, su ambición anheló igualar la montaña más alta para reinar también en el cielo. Fue capaz de crear arte, de sublimar su existencia caduca y miserable, pero nunca pudo igualar la belleza de un mundo que jamás llegó a comprender.

Dicen que la arquitectura es el reflejo de la sociedad en la que se gesta o, por lo menos, expresión visible y vivible de sus inquietudes y motivaciones. Fueron muchos los que la utilizaron para (de)mostrar su poder, o su piedad, o su arrogancia, aunque la búsqueda de la inmortalidad, el sueño babélico de tocar el cielo, siempre cohabitó con la pragmática vitrubiana de la firmeza, la utilidad y la belleza. Megalomanías aparte, siempre hubo un sentido, aunque en el tiempo perdure más la forma que el símbolo, porque suele ser más visible la materia que la filosofía y más resistente la piedra que el pensamiento.

En Dubai se quiso parcelar el mar con islas de formas caprichosas y cubrir el cielo con mosaicos de cristal reflectante. Pero incluso en las pirámides de Gizeh la luz proyectada por su piel de alabastro tenía un trasfondo simbólico. Ahora la banalidad, la enloquecida apariencia y un dudoso glamour (y bastante mal gusto) parecen haber ganado la última batalla. Y así fue surgiendo una pléyade de supuestos demiurgos atraídos por uno de esos regímenes despóticos dispuestos a asombrar al mundo con sus ideas abrumadoras, sustentadas por el oro negro y viscoso que despierta ambiciones y doblega voluntades, y alentadas por la actitud de unos medios de comunicación de masas a menudo complacientes o decididamente entusiastas. Así, esos falsos profetas convertidos en estrellas mediáticas por una civilización con claros síntomas de aburrimiento crónico, comenzaron a ingeniar sus formas imposibles, cada vez más disparatadas, ciclópeos híbridos entre la pulsión escultórica y la proeza técnica, desafiando abiertamente las leyes de la naturaleza (y de la economía), para poblar una atmósfera que parece regocijarse en la frialdad del videojuego o del cine futurista. 

Pero ni Roma ni Santiago se erigieron en cuatro días y, como ya va siendo habitual, la burbuja terminó por explotar, sin que mediase maldición bíblica ni confusión de lenguas, sembrando su paisaje cibernético de acreedores, cadáveres bursátiles y terrores milenarios. Era sólo un espejismo. El oasis financiero se desploma como castillos en la arena del desierto. Y las grúas paran en seco dejando tras de sí uno de esos paisajes premonitoriamente decadentes, un mundo desolador y crepuscular, donde incluso el oro parece oxidarse al mismo ritmo imparable con el que la moda y la publicidad cambia de labios sensuales y piernas torneadas. La vigorexia tecnológica y exhibicionista, si sólo es eso, colosalismo de hormigón, acero y cristal, es como la publicidad o la gaseosa, dulce al paladar pero de consumo rápido, porque pronto queda sin gas y entusiasma el tiempo que tarda en salir a escenario el siguiente arquitecto fantoche con el más difícil (y absurdo) todavía.

Y supongo que también aquí, en nuestro pequeño reino de taifas, el sueño de la inconsciencia produce vértigo. En la capital del reino se ha descabezado una montaña para construir un coloso que aún carece de una función definida y que por ahora sólo asombra y causa estupor a los tesoreros públicos. Para no quedarse atrás, en Vigo llevan años presumiendo de un proyecto que pretendía plantar en medio de la bahía uno de esos supositorios gigantes con ventanitas ideado por el pritzquer Jean Nouvel. En las villas más pequeñas también las grúas se detienen, mientras se sueña con fastuosos puertos deportivos y con seguir hormigonando la costa. Quizás lo que nos consuela (y nos asusta) es la certeza de que todo, la bulimia de una sociedad que se reinventa y se consume cada día, sus gigantes de hojalata, sus islas de artificio, “rayos C brillando en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser…, todo se perderá en el tiempo como lágrimas en la lluvia…”.