LINO SILVA, los paisajes del alma

Javi Montero/ La Voz de Galicia/ octubre de 2004

Con el genio francés comparte su amor por la naturaleza, su libertad, su introversión, la fidelidad a sí mismo, su rechazo al mercado del arte o las seducciones de la fama

Resulta difícil condensar en unas pocas líneas la personalidad artística de uno de los creadores más versátiles e insólitos que ha engendrado el Salnés, tierra poco dada a valorar a sus artistas y el patrimonio en general. Muchos lo han calificado de inconformista, trasgresor y bohemio. Yo añadiría que de los de verdad. Su rebeldía no tiene pose, su disidencia es espontánea como su pintura, su personalidad compleja y a veces contradictoria. Poeta Dadá, músico de oído y de taberna, libertino, bebedor de hecho y por derecho, pero sobre todo artista honesto y de carácter. Maestro de escultores en sus años de juventud, cuando era capaz de modelar la materia y convertirla en extraordinarios retratos o seres que proceden de su imaginación con raíces y que también supo plasmar en su obra pictórica. Pintor inclasificable y genial, dotado de un inusitado talento que le permite experimentar con múltiples lenguajes, capaz de reinterpretar a los clásicos, de subvertir sus retratos intocables, de plasmar con barroco tremendismo las escenas religiosas, de componer a la perfección un paisaje urbano o extraer con sencillez la belleza de la naturaleza arousana.

Supongo que su estancia en Madrid le sirvió para estudiar a los maestros de la historia de la pintura, a los que recurre con humilde devoción en el ámbito privado de su estudio, donde se agolpan cientos de fotografías, objetos y curiosidades, como esperando a ser reutilizadas en una de esas composiciones dadaístas con las que el irreverente M. Duchamp provocaba a los teóricos. Para un estudioso o aficionado al arte Lino es un manantial de referencias. Su amor por el humanismo renacentista, el equilibrio entre forma y color, se convierte en pulsión manierista que nos lleva a las disonancias y alargamientos de El Greco, o a la admirada pintura barroca, desde el tenebrismo de Caravaggio, pasando por la exuberancia carnosa de Rubens, hasta nuestros pintores del Siglo de Oro, con Velázquez a la cabeza, del que toma su espíritu pictórico, el espacio y la luz, y cuyos temas reinterpreta una y otra vez. Sin embargo, no se conforma con los clásicos y vuelve su mirada a los impresionistas, de los que toma su necesidad de extraer las sensaciones visuales y lumínicas de la naturaleza, o a los paisajistas románticos ingleses, fascinado por la perfección de Constable o las formas casi etéreas de Turner, que nos conducen a una actitud expresionista, primando el componente emocional sobre el carácter analítico.

Su opción es la de huir de la grandilocuencia y acercarse al paisaje gallego de profundas sombras, fuertemente empastado, sin renunciar a la sutileza casi inmaterial de la acuarela. Lino conoce como nadie el paisaje arousano, y de él intenta captar lo esencial y permanente, sus vibraciones, no le interesa el pintoresquismo facilón, aunque muchas veces caiga por razones alimenticias en la sensiblería de almanaque. Su actitud es la de representar trozos de vida con una mirada limpia, retazos que pueden ser el verde intenso del campo, el dorado de una marina crepuscular, las paredes desconchadas de un barrio de pescadores, las aristas de una roca, las arrugas profundas de un rostro o una vieja enfundada en negro. Con honestidad retrata los personajes de su vida y las escenas populares. Busca la inmediatez de lo real, la humanidad de los desheredados, sin artificios, pero siempre rebosantes de dignidad. En sus retratos siempre hay un cierto aire de melancolía, a veces sus rostros gastados y sombríos recuerdan los rostros de Isidre Nonell o del genial José G. Solana, pintores que nos llevan directamente a la “España negra”, al interés por esa España real, tantas veces esperpéntica.

Es esta actitud ante la vida y el arte, que hunde sus raíces en el Goya de la “Quinta del Sordo”, la literatura picaresca o la Generación del 98, lo que nos enlaza con el Lino más expresionista, el pintor negro, para mí el más interesante y original. Es el Lino tétrico, el de los esqueletos, los seres de ultratumba, los cuerpos deformados, los crucificados, la muerte sin concesiones, muchas veces atroz. Pero también el Lino grotesco, escatológico, el de los borrachos, las beatas sin rostro, los aquelarres, los bailes de máscaras, los coitos, las siniestras carcajadas. Sus lienzos se cubren de negros y ocres, de pinceladas largas y enérgicas, de contrastes. Es la plasticidad de lo sórdido, de lo aparentemente desagradable, que casi siempre encierra un trasfondo de ironía y de parodia, pero también de ternura y melancolía.

En la National Gallery de Londres cuelga un retrato de Cezanne que tiene un extraordinario parecido físico con el pintor cambadés. Esta coincidencia tal vez sirva para forzar un paralelismo: con el genio francés comparte su amor por la naturaleza, su libertad, su introversión, la fidelidad a sí mismo, su rechazo al mercado del arte o las seducciones de la fama. Quizá su irregular producción le niegue también el reconocimiento póstumo, cuestión que estoy seguro le tiene sin cuidado. Por lo de pronto, ha dejado un buen puñado de obras maestras que lo hacen equiparable a los grandes pintores gallegos de nuestra época. Su sombra siempre será alargada.