Globalización, Territorio y Turismo

Javi Montero/ La Voz de Galicia. Enero 2005.

Nuestras villas no sólo están definidas por sus monumentos sino por sus entornos, por sus perspectivas, por los espacios de la tradición.

 En el futuro, quizás tengamos que vender tarros de lluvia, que es lo que realmente nos hace singulares

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Hace unas semanas tuve la oportunidad de participar en un foro de debate organizado por el departamento de Historia del Arte de la Universidad de Santiago, cuyo tema central fue el urbanismo y la conservación de los centros históricos. Entre las numerosas cuestiones que allí se trataron me gustaría reflexionar brevemente sobre un tema del que ya he escrito en otras ocasiones, por afectar de manera determinante a la comarca del Salnés. Me refiero a los conceptos de globalización e identidad, esta vez aplicados a los núcleos urbanos.

Los sociólogos definen la identidad como un fenómeno que surge de la dialéctica entre el individuo y la sociedad, una especie de autoafirmación que está representada en la cultura popular, en todos los conceptos y manifestaciones que ha ido generando el pueblo. De todos es sabido que las sociedades “modernas y desarrolladas” están inmersas en un profundo proceso de cambio, caracterizado entre otras cosas por un vertiginoso desarrollo de los medios de comunicación. A priori este hecho no tiene por que ser negativo, pues favorece el intercambio de ideas, la multiculturalidad o la erradicación de muchos estereotipos y falsos prejuicios. Sin embargo, la aceptación ciega e irreflexiva de los modelos y productos foráneos está provocando la implantación de la llamada cultura de masas, que se manifiesta en un consumo ilimitado de productos de escasa calidad –que son los que les interesa vender a los “países dominantes”-, en definitiva, en la globalización de la cultura y la pérdida de aquello que nos es propio.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver todo esto con la arquitectura y el urbanismo? La homogeneización de la cultura no sólo se manifiesta en el Halloween, Papá Noel o el cine chusquero. También puede afectar a los patrones de conducta, a nuestro sistema de valores, o a la percepción de nuestros espacios tradicionales y del patrimonio construido.

@ Jean-François RauzierEl espacio en el que vivimos cubre unas necesidades prácticas de habitación, pero también unas necesidades psicológicas, simbólicas. Es un espacio de convivencia, el paisaje de nuestra vida, un territorio cultural definido por unos rasgos que nos identifican. Una villa, una aldea, es ante todo un hecho histórico, un libro cargado de recuerdos, de sentimientos, de emociones, el espacio de la memoria colectiva. Cada uno de los capítulos de ese libro forma parte del legado que conforma nuestra identidad.

Pues resulta que ahora eso de la identidad y la cultura también se puede vender. Los expertos en turismo sostienen que en un mundo cada vez más globalizado se comienza a valorar las singularidades de las regiones, aquellas manifestaciones que identifican una determinada colectividad y la hacen única.

En lo concerniente al patrimonio histórico, del que tanto les gusta hablar a dinamizadores turísticos y a políticos, lo realmente específico, lo que nos diferencia de otras regiones es la arquitectura popular, aquellas tipologías que engloban nuestra arquitectura más “pobre” y olvidada. Nuestras villas no sólo están definidas por sus iglesias y palacios, por sus monumentos, sino por sus entornos, por sus perspectivas, por los espacios de la tradición. Es ese tejido popular lo que las dota de valor y significado.

Pese a todo, nuestros centros urbanos van perdiendo su personalidad y se vuelven cada vez más anodinos, más parecidos a los extrarradios de cualquier gran ciudad. Por una especie de complejo postmoderno o por simple desinformación infravaloramos la arquitectura popular, la destruimos, la hormigonamos o la camuflamos con aditamentos chirriantes. Se rehabilita mal, sin el rigor necesario, y se transforma caprichosamente nuestro entorno. Mientras tanto, la comarca va perdiendo valor y competitividad. Muchos aseguran que los núcleos urbanos que mantengan su idiosincrasia serán como pequeñas islas en un mundo mediocre y globalizado. Para entonces quizás tengamos que vender tarros de lluvia, que es lo que realmente nos hace singulares.

No pretendo ser dogmático ni buscar soluciones mágicas, pero es necesario que desde los poderes públicos se haga un esfuerzo para fomentar la concienciación social en la conservación de nuestra arquitectura propia, de implicar en el proceso de rehabilitación a técnicos debidamente formados, de crear comisiones de urbanismo interdisciplinares –no sólo formada por arquitectos-, y de reforzar el compromiso con la educación y la sensibilización de los ciudadanos. Quizás sea el momento de hacer nuestro el axioma que se empleó en la conservación del París histórico: “Sin la memoria del pasado no hay futuro, sin un proyecto de futuro se pierde la memoria del pasado”.