regeneración del litoral/ EL PASEO DE SANTO TOMÉ DO MAR EN CAMBADOS

Javi Montero/ La Voz de Galicia. Mayo de 2009

Valorizar la ría no tiene porque consistir en trazar una línea recta, rellenar de hormigón hasta la misma, y plantar encima todos los tópicos al uso, de esos que topamos a lo largo de todo el litoral español y que parecen diseñados para abrillantar las revistas de arquitectura superchic

En alguna crónica he mostrado mis dudas acerca de la necesidad, o idoneidad, de ordenar el litoral por medio de paseos marítimos. No se trata de cuestionar su capacidad para regenerar bordes urbanos degradados, ni de negar su contribución a la mejora del paisaje y la vida ciudadana, sino de la necesidad de establecer unos límites a la importación acrítica de modelos que, si bien pueden resultar seductores, poco tienen que ver con ese acontecer lento y sosegado que fue tejiendo nuestro territorio. En esto, como en casi todo, deberíamos huir de modas bizarras y estériles rivalidades localistas. Bajo mi punto de vista, valorizar la ría no tiene porque consistir en trazar una línea recta, rellenar de hormigón hasta la misma, y plantar encima todos los tópicos al uso, de esos que topamos a lo largo de todo el litoral español y que parecen diseñados para abrillantar las revistas de arquitectura superchic. Cada proyecto para cada lugar.

Dicho esto, si hay un paseo que nació con la determinación de adaptarse al lugar, ese es el de Santo Tomé do Mar, en Cambados. El panorama era ciertamente desolador. Desde Riveira da Mouta hasta la pasarela que une Santo Tomé con el islote de San Saturniño, se sucedían los rellenos ilegales, naves y galpones infraconstruidos, improvisadas rampas, escombreras y basureros, resultado de muchas décadas en las que la franja costera se concibió como el patio trasero donde esconder y acumular nuestra inmundicia.

Frente a esto, mirando al mediodía, la luminosa y fecunda arena de O Serrido, el ocaso del Umia, pinares, chimeneas –reliquias impasibles de las extintas telleiras- serpentean playas y marismas hasta el Istmo de A Lanzada, y un poco más acá, la expoliada Isla de A Toxa. A poniente, la silueta pétrea y eterna de la torre se recorta como una vela en el ceniciento, cobalto, esmeralda, fuego de un cielo fundiéndose en destellos con la vieja ría. Y a lo lejos, sobre la línea del horizonte atlántico, emerge entre brumas, como un navío fantasma, la isla de Sálvora.

El proyecto

Semejante escenario debía tener una digna platea y en el 2001 sale a la luz el proyecto, aunque no sería inaugurado hasta febrero del 2004. En su tramo sur el paseo se articula en torno a un trazado de tránsito peatonal que se va quebrando en función de las alineaciones generadas por las edificaciones, ensanchándose en algunos tramos para formar pequeñas áreas de parada y estancia, pero sin invadir o irrumpir bruscamente en el mar, sino que, a través de la discontinuidad lineal, va trazando las necesarias conexiones con el tejido urbano preexistente.

Esta vocación integradora entre los distintos elementos -mar, playa, rocas, calles, casas, muros, etc.- se manifiesta de manera aún más evidente en la feliz decisión de interrumpir la senda costera para introducirse en el entramado urbano, valorizando, además, las formaciones rocosas que hay en su extremo oeste. Termina el paseo -o empieza, según se mire- en una plaza dispuesta a un nivel inferior, para el que esto escribe lo más discutible del proyecto, por innecesaria, ajena y edulcorada, aún cuando se haya conservado el hórreo –ahora descontextualizado- y se haya instalado una pérgola ornamental que nada tiene que ver con el ambiente del entorno. Supongo que algún topicazo hay que incluir.

Junto al afán por respetar las dinámicas espaciales de la costa, en esta capacidad para coser los distintos espacios y para generar nuevas perspectivas, toma un papel muy relevante la elección de los materiales y el cuidado en la ejecución. El pensado trazado del pavimento, la formalización del límite quebrado del muro de contención, que remata en una imposta longitudinal a modo de bocel en la que descansa el parapeto pétreo que también sirve de banco corrido, cada escalera, cada rampa, los encuentros entre los elementos nuevos y los del pasado, no hacen más que reafirmar esa voluntad por la precisión y el detalle.

El pavimento juega un papel fundamental. El adoquín de granito moreno se reserva a las zonas de contacto con las casas y para las calles que penetran en el interior del núcleo. Una senda lineal con cuarcita de tonos grises azulados, con preciosas aristas de oxidación natural, le otorga sutiles juegos lumínicos y cromáticos que restan dureza al firme y empatizan con las tonalidades cambiantes del mar. Y una red de franjas longitudinales y transversales de granito abujardado va cosiendo las distintas partes hasta formar un todo continuo definido, como decimos, por la delicadeza y el impecable cuidado en los detalles.

En mi opinión, la construcción del paseo marítimo de Santo Tomé supuso una de las intervenciones urbanísticas más inspiradas de las últimas décadas. Con el se ha logrado frenar la degradación de su franja costera, contribuir a la vertebración de la antigua villa, y recuperar un espacio de incuestionables valores urbanísticos y medioambientales. Y todo ello sin arrogancia ni grandilocuencias vacuas, sin decorados chirriantes, sólo a través de la reflexión y una actitud de honestidad y coherencia con el paisaje y el territorio.