EL VINO: FUENTE DE VIDA

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javi montero

La vid, “hierba de la vida”. Así fue identificada por las antiguas civilizaciones de Oriente, pues este cultivo que da fruto cada año hasta la eternidad, era considerado fundamental para la nutrición y supervivencia de los pueblos. De sobra sabían que el vino, además de emborrachar, alimenta. Y de Siria, Sumeria o Egipto pasó a Israel, como símbolo de inmortalidad. Para los griegos el vino era la sangre de Dioniso, portadora del delirio místico y fuente vivificadora. Y de Grecia a Roma, con su famoso culto a Baco, que no sólo tenía que ver con los botellones y orgías, pues la presencia de la vid y la vendimia en la iconografía funeraria vuelve a incidir en la misma idea.

El Cristianismo heredó (y matizó) estos significados de la tradición grecorromana y hebrea, asociándolo a la eucaristía, evocando la inmortalidad y la eternidad a través del sagrado sacramento. Lo cierto es que para los primeros cristianos la cosa les vino de perlas, porque en un mundo perseguido y clandestino, una imagen tan popular levantaba menos sospechas y susceptibilidades. “Yo soy la vid verdadera y mi Padre el viñador….Yo soy la vid y vosotros los sarmientos” (San Juan, 15, 1-5). En la Biblia el vino anda por cuerda, desde la presentación del pan y el vino por parte de Melquisedec, o la borrachera de Noé, pasando por las bodas de Caná hasta La Última Cena, por citar pasajes muy conocidos.

Y así siguió cuando se inclinó definitivamente la balanza a favor del mundo cristiano, durante la larga, heterogénea y luminosa Edad Media, tomando formas muy diversas: desde las aves del paraíso picoteando las uvas en San Pedro de la Nave hasta el Árbol de Jesse, de cuya semilla se adueña Terrence Malick para hacer brotar su preciosista reflexión sobre lo imponderable, o en el “sobado” parteluz de la Gloria en la Catedral compostelana.

Dando saltos de embriaguez nos trasladamos a los siglos XVII y XVIII. Aquí la cosa deja de ser tan abstracta y gira hacia el realismo en busca de la veracidad: el Barroco y su dramatismo trentino. Y mientras se clava la espada en el corazón de María y salpica la sangre de los mártires, en la naturaleza se buscan los modelos más realistas y fidedignos.

Y tan fidedignos. En pleno siglo XXI, encuentran en la retablística barroca una nueva fuente de conocimiento: ahí está el Loureiro, Albarello, Dona Blanca, Albariño o Palomino Fino. Una pieza más en el rompecabezas de la evolución histórica de la vid y la antigüedad de las distintas variedades. Algo que, por cierto, sabríamos muchas décadas antes si en España en vez de ser tan celosillos y “autónomos” supiésemos articular grupos multidisciplinares de trabajo e investigación. Porque desde la más remota antigüedad, y también en la larga, heterogénea y luminosa Edad Media, arte y ciencia caminaron siempre de la mano.

Investigadoras del CSIC<<Un equipo de investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas ha analizado 101 retablos barrocos ubicados en 54 iglesias de Galicia y Asturias y ha logrado identificar seis variedades de vid cultivadas en esta zona peninsular>>

<< En la bibliografía antigua hay nombres de variedades de vid muy concretas y ligadas a determinadas zonas, pero solo en algunos casos van acompañados de brevísimas descripciones. En el siglo XIX empiezan a aparecer algunas descripciones puntuales más amplias que incorporan, en casos muy excepcionales, ilustraciones, que permiten identificar correctamente las variedades. Salvo esas excepciones, en el resto de los casos todavía hoy continúa el debate en torno a los orígenes de muchas variedades, la antigüedad de su cultivo en zonas determinadas, o los problemas de sinonimias y homonimias. El hecho de haber sido capaces de identificar una variedad real en un retablo, demuestra que en el siglo XVII esa variedad se cultivaba en esa zona concreta>>.

http://www.agenciasinc.es/Noticias/Identificadas-variedades-de-vid-reales-en-retablos-del-siglo-XVII2

Otros enlaces:

http://adega-alandeval.blogspot.com.es/2012/03/alanpedia-viticultura.html

UNOS POCOS EJEMPLOS: