LA CIUDAD DE CARLOS MAÑO

CARLOS MAÑO (71)

javi montero

Mahatma es una ciudad de frontera. Un cruce de caminos en todas direcciones. Un amasijo de incontinencias con una lógica extraña, plural y geométrica, salvaje y metódica. En su centro, bajo un cielo ondulante, entre pagodas de alambre, palmerales y campos de plata, se eleva una gran ágora circular. Junto a los puestos del mercadillo, mientras el chico de los periódicos anuncia una nueva guerra, los compases de los patinadores rusos dibujan constelaciones y criptografías en el suelo de arena fina, que luego repasan los niños con sus témperas de colores, y que siempre acaban mezclándose bajo los erráticos pasos de los vagabundos sobre la sangre de un toro tras la última estocada.

En la ciudad de Mahatma no importa la cronología de las cosas. Ni si fue antes o después la pirámide, el alminar o las campanas de Almanzor. Tampoco importa la procedencia de sus gentes. Todos vienen de muy lejos. Y todos llegaron caminando. Cargando con sus mercancías de orígenes mundanos. Con sus jaulas de pájaros disecados. El viejo revólver de John Wayne, la momia de un guerrero cheyene, abrigos neoyorquinos pasados de moda, casullas zurcidas con falsa pedrería, daguerrotipos de personajes antiguos, las tres gracias en cuatricromía, un beso de Marilyn, viejos rumores, nuevos murmullos, la verdad sobre el asesinato de Kennedy. Todo se vende y se revende en el ágora de Mahatma.

Mientras, van llegando nuevos desplazados y otros se van por el mismo camino, entre pagodas de palo y campos de oro, cargando con sus cadáveres exquisitos. Mahatma es una ciudad de tránsito. Vulgar, irónica y sorprendente. Carlos Maño es su único compatriota. Los demás solo estamos de paso…

CARLOS MAÑO (17)